¿Sociedad erosionada? Marcos, el niño lobo que su padre vendió por una choza y un caballo; se siente olvidado
Durante más de una década, el único idioma que habló Marcos Rodríguez Pantoja fue el de los aullidos. Aprendió a vivir como un lobo. No por decisión, sino por necesidad.
Marcos nació en Añora, un pequeño pueblo de la provincia de Córdoba, en Andalucía. Su madre falleció cuando él era apenas un niño, y su madrastra lo maltrataba. «Me hacía dormir fuera, lloviendo, bajo una manta. No era una persona humana, era muy mala», relató a los medios.
A los cinco años, su padre lo entregó a un hacendado a cambio de una choza y un caballo. Poco después, fue enviado con un guardacabras. El anciano vivía en una cueva, aislado de todo. Un día, gravemente enfermo, le anunció que se marchaba. «Me dijo que se iba muy lejos. Yo le pregunté si podía ir con él, pero me respondió: ‘No, si has sobrevivido hasta ahora, podrás seguir solo'», recuerda Marcos.
Se quedó completamente solo en mitad del monte. No sabía cazar ni pescar. Se alimentaba de raíces, frutos silvestres y cualquier cosa que comieran los animales. En una ocasión, casi muere intoxicado tras
ingerir carne de un ciervo en mal estado.
El encuentro con los lobos
Todo cambió cuando, con apenas seis años, encontró una cueva habitada por dos lobeznos. Comenzó a jugar con ellos. «Todos los días se asomaban a ver si yo volvía», recuerda. Pero un día se quedó dormido dentro de la lobera, y al despertar, la madre loba tenía el hocico sobre su cara.
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