Herencia envenenada

Hasta el último momento, Andrés Manuel López Obrador le hizo sentir a Claudia Sheinbaum que quien manda es él, y que el único líder del movimiento que se mantuvo y la entronizó en el poder, es él.
Contrario a la tradición política en México, en la que una vez electo el siguiente presidente, el saliente le cedía los reflectores y el escenario para que tomara paulatinamente las amarras del poder, López Obrador nunca le permitió a su sucesora un papel ni cercanamente protagónico tras las elecciones del 2 de junio, a diferencia de lo sucedido seis años atrás.
Fue al revés. Desde junio, López Obrador redujo a la primera presidenta de México al rol de “dama de compañía” en sus propias giras por el interior del país y en algunas “mañaneras”. Le impuso una agenda personal y política e incluso, la obligó a aceptar sin pestañear reformas constitucionales con cuyas consecuencias será ella quien las tenga que lidiar.
Sheinbaum aceptó ese papel. Por conveniencia política, por temor a perder la confianza del líder que la colocó ahí y quizás hasta por convicción. Pero a partir de este martes 1 de octubre la responsabilidad política, histórica y sobre todo legal de lo que suceda en el país es suya. De nadie más. Así que más le vale asumirlo como tal.

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Odio, encono y muerte, el legado de AMLO

Exactamente en una semana concluye el sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Prácticamente no hay dato alguno –real, no de los “otros datos” que se inventa el presidente saliente para torcer la realidad- que pruebe consistentemente desarrollo o crecimiento real para el país.
Por el contrario, los indicadores en materia de salud, de educación, de crecimiento económico, de derechos humanos, de democracia, de libertad de expresión, de rendición de cuentas y principalmente de seguridad muestran retrocesos alarmantes, algunos incluso históricos, de un gobierno manejado con las vísceras, con miles de prejuicios y con un sentido paternalista y patrimonialista que ya ha fracasado en un pasado al cual están llevando aceleradamente al país con reformas retrógradas y autoritarias.
La reforma militarista, junto con la que desmantela al Poder Judicial de la Federación, son las más regresivas de todas las enmiendas legales impulsadas durante el sexenio que fenece y cuyo objetivo no es garantizar la seguridad, la paz ni el acceso a la justicia para la población, sino establecer un control férreo, absoluto y autoritario sobre la vida pública y hasta la privada de las y los mexicanos. Y si bien –todavía- no puede afirmarse que se ha establecido una dictadura en México, los factores que las distinguen se asoman cada vez con mayor temeridad.
De contar con un sistema electoral que llegó a verdaderamente brindar certeza sobre el respeto al sufragio ciudadano y que costó décadas, vidas y mucha sangre construir, con el obradorismo se ha retrocedido de nueva cuenta a organismos cooptados por el poder, que conceden mayorías que no otorgaron las urnas y que fueron incapaces –si no es que cómplices- de frenar la oleada de ilegalidades que marcaron y mancharon la última elección, ilegítima de origen y que en ese pecado, llevará la penitencia.

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Ya los tienen adentro

Por mucho que patalee el morenato en Veracruz, los Yunes –que han dejado de ser azules para ponerse sin el menor pudor su nueva chaqueta guinda- ya se les colaron al movimiento donde juran que “no roban”, “no mienten” y “no engañan al pueblo”.
Completamente descolocado luego de la jugada con la que el “clan Yunes” negoció impunidad a cambio de votar en favor de la reforma judicial, el todavía gobernador Cuitláhuac García ha evitado declarar cualquier cosa al respecto. Prácticamente les corre a los reporteros para no tener que darle la “bienvenida” a quienes asumió como sus enemigos durante su sexenio, porque sabe perfectamente que ya no los puede repudiar. Ni perseguir penalmente. Ahora son “aliados”.
La propia gobernadora electa Rocío Nahle lo sabe perfectamente. Pero todavía furiosa por la exhibición durante la pasada campaña por la gubernatura de su vida de lujos, quiere jugar a ser “cadenera” de Morena en Veracruz con supuestas reservas de “derecho de admisión” que no están en sus manos, ni en las de los “dependientes” –dirigentes se dicen- de las franquicias del Verde y el PT en la entidad. El arreglo se hizo en otro lado y a otro nivel.
Eso quedó claro desde el mismo día que los Yunes perpetraron su traición a los electores que les dieron el mandato de oponerse al régimen obradorista y votar contra la reforma judicial. La escena de Miguel Ángel Yunes Linares entrando entre aplausos y vivas de los morenistas al salón del Pleno del Senado para hacer nada en realidad –pues sería su hijo quien terminaría votando más tarde-, más que evidenciar que habían dado un bandazo, quedará entre las más grotescas de la historia parlamentaria de este país. Pero sobre todo, como una prueba de la ausencia absoluta de congruencia, principios, valores y madre de quienes, con una superioridad moral de caricatura, se asumen como “del lado correcto de la historia” y “transformadores” del país.

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La presidenta acorralada

Nunca en la historia de las sucesiones presidenciales del México contemporáneo, el mandatario saliente le había hecho sombra al entrante hasta el grado de borrarle de la escena por completo.
La tradición política dictaba –incluso en la época de la fallida alternancia partidista- que una vez que el triunfo electoral era legalmente reconocido por la autoridad competente, todos los reflectores se dirigían al presidente electo, mientras que el presidente en funciones se replegaba paulatinamente para darle a su sucesor el espacio político suficiente para tomar las amarras del poder.
Hasta en la época del “maximato”, Plutarco Elías Calles –quien puso a cuatro presidentes que lo sucedieron- operaba con discreción y no se imponía, al menos públicamente, al mandatario en turno, aunque sí políticamente. Hasta que Lázaro Cárdenas le puso un “hasta aquí” y lo desterró, literalmente, del país.

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La justicia es lo de menos

¿Serían capaces los Yunes panistas de negociar la entrega del Poder Judicial de la Federación al obradorato a cambio de impunidad y de protegerse de una persecución judicial en forma?
La respuesta es sí. Han negociado con sus enemigos hasta por menos que eso.
Baste recordar la elección federal de 2012. En su momento, integrantes del círculo cercano del entonces gobernador Javier Duarte de Ochoa relataron cómo éste se reunió con Miguel Ángel Yunes Linares en persona, en Boca del Río, para acordar una especie de “tregua política” en la que los panistas le “bajaran” a sus críticas al gobierno estatal –que para ese momento ya tenía a la entidad hecha un desastre de violencia y corrupción- a cambio de que desde el gobierno estatal no le pusieran obstáculos a la pretensión de Fernando Yunes Márquez de llegar al Senado.
Dicho y hecho. El duartismo no le puso piedras en el camino. Y aunque no ganó la elección, Fernando Yunes llegó a la Cámara alta como primera minoría, exactamente igual que lo haría su hermano Miguel Ángel doce años después. Lo que sucedería luego, ya es otra historia.

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Sumisión institucional y cacería de disidentes

Un rasgo muy propio de los regímenes autoritarios es que, totalmente intolerantes a cualquier crítica, buscan silenciarla por todos los medios, principalmente la censura y hasta la represión violenta, lo cual se puede llevar a cabo en más de una modalidad.
Atrapadas en esa espiral autoritaria, las instituciones y quienes las dirigen se suelen convertir en los principales instrumentos para acallar voces disidentes y no se escatiman recursos públicos para derrochar en pos de alcanzar ese objetivo.
Baste ver cómo el obradorato reaccionó a las marchas contra la reforma judicial convocadas por estudiantes universitarios, un movimiento que considera como si fuese de su propiedad y con el que ha lucrado políticamente durante décadas.
Para contrarrestar las protestas, los gobiernos morenistas se hicieron su propio “movimiento estudiantil”, integrado por las “juventudes” del partido y empleados gubernamentales, a los que mandaron a marchar en favor de la medida impulsada por el gobierno, algo que podría calificarse hasta de “antinatura”, pues los movimientos estudiantiles legítimos son necesariamente rebeldes y contestatarios ante la autoridad, no sometidos a la misma.

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Reforma y legado de atrocidad

Nada podrá detener la aprobación en la Cámara de Diputados –y muy probablemente, tampoco en la de Senadores, gracias a una suripanta y muy barata oposición- de la reforma judicial.
Enloquecidos de poder, los legisladores del oficialismo obradorista han decidido ir hasta el final con una reforma que los perseguirá el resto de sus días por haber destruido el orden constitucional y la división de poderes.
Convertidos en una caricatura, Morena y aliados desacatan suspensiones, pisotean procesos y protocolos y han hecho del proceso legislativo un patético circo. Todo, con tal de complacer al émulo de Nerón que ve arder al país desde un palacio virreinal mientras se regocija en una demencial revancha.
Los mismos obradoristas han dado muestra de lo que pretenden hacer para someter a jueces, magistrados y ministros y que es la fuente de la desconfianza hacia las supuestas “buenas intenciones” de la reforma al Poder Judicial.

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La dictadura de estolidez

Los acontecimientos alrededor del al parecer inevitable declive de la República y la división de poderes que significa la reforma judicial, mantienen en estado de tensión a un país dividido y al mismo tiempo, han sacado a la luz las expresiones más primarias y rufianescas de la neoclase gobernante.
Tras la captura de los órganos electorales que le regalaron una sobrerrepresentación ilegítima en el Congreso de la Unión, el obradorato en el poder está fuera de control y siente que no hay límites para hacer con el país lo que quiera, bajo la falacia de que cualquier cosa que desee hacer –hasta la más absurda- cuenta con el respaldo del “mandato popular”.
Mientras ante miles de personas que le vitorean el presidente miente con desparpajo sobre un sistema de salud –quizás el más grande y criminal de sus fracasos- “mejor” que el de Dinamarca, los políticos de la mal llamada “cuarta transformación” se solazan en una borrachera de poder en la que desprecian cualquier voz, cualquier alerta que pueda despertarlos de una juerga que creen interminable y en la que pueden pasar por encima de quien sea y de lo que sea. Incluida la frágil legalidad que está a punto de extinguirse para transformarse en un autoritarismo delirante.

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Los funerales de la República

Todo indica que nada podrá detener la destrucción del entramado institucional construido en la etapa de la transición y alternancia democráticas en México, para inaugurar una nueva época de opacidad y feroz autoritarismo.
En una delirante sinrazón, el obradorato enfila al país a una regresión política de alcances históricos, que le costará muy cara a México desde ahora, pero cuyos efectos perniciosos afectarán la vida de varias generaciones.
El pasado 23 de agosto, motejado ya como “viernes negro”, en comisiones de la Cámara de Diputados se aprobó la desaparición de siete organismos autónomos reguladores, entre los que destacan el Instituto Federal de Telecomunicaciones, la Comisión Federal de Competencia Económica y particularmente el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales, por mucho uno de los más grandes logros de toda esta etapa histórica que, sin ser la panacea y perfectible como cualquier institución, obligó a los servidores públicos y a los distintos gobiernos de todos los niveles a transparentar el uso de los recursos públicos los últimos 20 años.

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El “legado” de Cuitláhuac

Particularmente en el estado de Veracruz, el resultado de la pasada elección no tiene nada que ver ni refleja el ánimo social hacia la agonizante administración de Cuitláhuac García Jiménez, quien cierra su gestión empequeñecido, ninguneado y en la antesala de un cobro de facturas desde su propio partido.
Frustrado por ser la burla de propios y extraños, hecho a un lado de las posiciones políticas relevantes del próximo sexenio, García Jiménez vive sus últimos días al frente del gobierno de Veracruz al que llegó de “chiripa”, como el burro que tocó la flauta o, como en este caso, que ganó una gubernatura. No por mérito propio, sino colgado de la figura de Andrés Manuel López Obrador.
Así sigue. Luego de varias semanas presionando con que había sido invitado por Claudia Sheinbaum a integrarse al próximo gobierno federal, la presidenta electa confirmó hace unos días que él -y todos los gobernadores salientes de Morena- tendrá un espacio, aunque no especificó cuál. Decisión que evidentemente le ha sido impuesta, ya sabe usted por quién.
Fuera de toda proporción respecto de sus capacidades políticas y personales, García Jiménez buscó por todos los medios ser el sucesor de Manuel Bartlett en la Comisión Federal de Electricidad y filtró dicha especie como si fuera un hecho entre alguna prensa “condescendiente” con él, por decirle de alguna manera. Se llevó un chasco verdaderamente humillante cuando Sheinbaum evidenció la falacia del xalapeño.

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