Los muertos no hablan
El “abatimiento” –eufemismo para evitar decirle ejecución- de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, este domingo en Jalisco, obligará a un reacomodo en todos los niveles del poder en México.
Durante más de una década bajo su férula, el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) se convirtió en una de las organizaciones criminales más violentas y expansivas del continente. Y de acuerdo con analistas de seguridad, en la más grande y poderosa del mundo. Más incluso que el Cártel de Sinaloa en los tiempos de “El Chapo” Guzmán.
Su caída, confirmada por los gobiernos de México y Estados Unidos, va más allá de la mera eliminación física de un capo. Es la ratificación de que cuando se decide a hacerlo, el Estado puede capturar y/o eliminar a cualquier delincuente, por poderoso que sea. Y que si no se hizo antes, fue simplemente porque no se quiso actuar.
Obviamente, el contexto importa. El gobierno mexicano, a través de la Secretaría de la Defensa, reconoció que en el operativo participaron militares estadounidenses de un grupo especializado en la recopilación de inteligencia sobre cárteles de la droga, con lo que también queda expuesto que el operativo no fue a iniciativa, por lo menos no en exclusiva, de la administración de Claudia Sheinbaum, sino más bien se trató de una respuesta a las presiones de Washington para actuar de manera efectiva y patente contra las bandas de narcotraficantes que operan en México. Pero eso sí, muy “soberanamente”.
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