VÍTORES O RECHIFLAS
En política existe una diferencia enorme entre la popularidad de escritorio y la popularidad de calle.
La primera se construye con encuestas, boletines oficiales, campañas digitales y narrativas repetidas hasta el cansancio.
La segunda se mide en el espacio público, donde no hay filtro, ni edición, ni margen para acomodar cifras. Ahí el juicio ciudadano suele ser brutalmente sincero. Un estadio lleno, por ejemplo, vale más que cien conferencias de prensa.
La presidenta Claudia Sheinbaum aparece, según diversas mediciones demoscópicas, con altos niveles de aprobación.
Nada extraño en los primeros años de gobierno: la ciencia política demuestra que muchos mandatarios gozan de una “luna de miel” inicial, impulsada por expectativas, disciplina partidista y control de agenda pública.
Pero la historia mexicana enseña que la verdadera prueba no siempre ocurre en las urnas o en los sondeos, sino cuando el gobernante se enfrenta al ánimo espontáneo de la multitud.
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