El engaño
Durante casi dos décadas, Andrés Manuel López Obrador recorrió el país sin descanso.
Pueblos, colonias, plazas públicas y caminos olvidados fueron el escenario de una campaña permanente que, con paciencia y constancia, le permitió construir una imagen de cercanía, honestidad y compromiso con “los de abajo”.
Dieciocho años de proselitismo ininterrumpido rindieron frutos: la llamada Cuarta Transformación llegó al poder envuelta en una narrativa moral, casi mesiánica, que prometía barrer con la corrupción y dignificar la política.
El discurso era sencillo, pero poderoso: el pueblo primero, los pobres antes que nadie, el poder al servicio de la gente. Millones creyeron en esa promesa. Y no sin razón: después de décadas de gobiernos distantes, tecnócratas y escándalos, la figura del líder austero, viajando en camionetas modestas y hablando sin filtros, parecía una auténtica ruptura con el pasado.
Sin embargo, una vez instalado en Palacio Nacional, López Obrador entendió que gobernar no sólo implicaba administrar recursos, sino también administrar voluntades.
Fue entonces cuando encontró la fórmula que le permitió mantener en calma a una parte considerable de la sociedad: los apoyos en efectivo.
Becas, pensiones, transferencias directas y programas sociales se multiplicaron.
En el papel, se presentaron como un acto de justicia histórica hacia los más olvidados.
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