LOCOS DE ATAR
En México ya no sabemos si estamos viendo el Canal del Congreso… o un casting permanente para reality show. La política nacional, esa que debería ser el arte de gobernar con sensatez, se ha convertido en una pasarela de egos desbordados y micrófonos encendidos.
Ahí está Sergio Mayer, diputado plurinominal que pidió licencia para entrar a La Casa de los Famosos. No es una metáfora: dejó su curul para encerrarse ante cámaras. Anunció que hará “un infierno” dentro de la casa. La frase, sin querer, retrata mejor su tránsito por la vida pública que cualquier discurso legislativo. Su oficio real es el espectáculo; el servicio público le queda como vestuario prestado.
Cuando el Congreso se convierte en trampolín mediático, la representación popular se diluye en rating.
Pero Mayer no está solo en este teatro político. Gerardo Fernández Noroña, hoy investido con responsabilidades legislativas de alto perfil, continúa protagonizando escándalos que lo colocan más en la polémica que en la construcción de acuerdos. Su estilo confrontativo puede entusiasmar a la grada, pero erosiona la institucionalidad. En política, el volumen no sustituye la razón.
En Campeche, Layda Sansores ha elevado el pleito a categoría de gobierno. Conferencias convertidas en tribunales mediáticos, filtraciones como arma política y un tono de permanente confrontación. Gobernar no es ajustar cuentas en horario estelar; es administrar con prudencia. El poder no es micrófono abierto para desahogos personales.
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