LOS APESTADOS
En política, el olor del pasado no se disipa con sermones nuevos. Se queda impregnado en los pasillos, en los acuerdos, en los silencios incómodos.
Y en el México de hoy, ese aroma rancio tiene nombre propio: herencias malditas del obradorismo que sobreviven en la era Sheinbaum.
Ahí están, visibles, arrogantes, intocables: Adán Augusto López, Alejandro Gertz, Ricardo Monreal, Rubén Rocha, Alfredo Ramírez, Marina del Pilar, Américo Villarreal, Layda Sansores, Mario Delgado y Francisco Garduño, por citar algunos.
Son los “apestados” de Morena. Son los incrustados en la estructura del poder que ya no representan futuro, sino lastre.
Figuras que no responden a un proyecto renovado, sino a una obediencia heredada, a una fidelidad que no mira hacia Palacio Nacional, sino hacia Palenque.
No son un simple grupo de funcionarios. Son un símbolo.
Representan la incapacidad del nuevo gobierno para romper, de fondo, con el viejo régimen que prometió combatir.
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