El laboratorio del autoritarismo electoral
Veracruz se ha convertido en una suerte de laboratorio. Uno en el que se ensaya, a prueba y error, el renacido autoritarismo electoral que, por obra y gracia de la autoproclamada “cuarta transformación, nos han traído de vuelta al país tras tres décadas de fallida transición a la democracia.
Lo que hemos visto en las últimas semanas son tentativas para establecer fórmulas que lleven a revertir resultados, despojar triunfos e imponer derrotas a la conveniencia de quien tenga el poder, o de quien cuente con los recursos para disputarlo.
Eso es posible porque las pocas instituciones que quedaron en pie tras el cataclismo obradorista son débiles y fáciles de someter, gracias también a una sociedad fragmentada y todavía bastante alienada por la propaganda y el clientelismo, misma que ha permanecido pasiva frente a la destrucción sistemática de los contrapesos que le dieron viabilidad a las diferentes alternancias políticas que hoy, con la reforma electoral en puerta, están por convertirse casi en algo del pasado.
Lo ocurrido particularmente en el municipio de Poza Rica es la confirmación de que el partido en el poder, Morena, está dispuesto a arrebatar lo que no obtuvo en las urnas con toda clase de trampas y artimañas, y que el voto popular es visto como un accesorio que puede ser modificado en la mesa, en la bodega, de madrugada, en las sombras.
También, que la lucha por el poder cada vez más será como solía ser en las épocas anteriores a la transición: entre grupos antagónicos de una misma franja política. Porque aun cuando contendió por Movimiento Ciudadano en la elección municipal de Poza Rica, Emilio Olvera proviene de Morena, donde simplemente no fue elegido para la candidatura porque es aliado del senador Manuel Huerta Ladrón de Guevara, el principal adversario de la gobernadora Rocío Nahle y su cuadrilla. En realidad, es más de lo mismo.
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