CRÍTICOS DESCALIFICADOS
En las democracias maduras, la crítica es oxígeno. En los regímenes personalistas, en cambio, la crítica es tratada como traición.
Allí comienza la diferencia entre un gobierno que se somete al escrutinio público y otro que intenta domesticarlo.
Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador se instauró una práctica inédita en la comunicación política mexicana: desde la tribuna presidencial de la llamada mañanera se señalaba públicamente a periodistas críticos.
No se discutían únicamente sus argumentos; se ponían sobre la mesa sus ingresos, sus propiedades, sus supuestos intereses económicos.
La opinión se convertía así en sospecha moral. El mensaje era claro: quien cuestiona al poder debe ser desacreditado.
Entre los periodistas más mencionados o atacados figuraron nombres conocidos del periodismo nacional: Ciro Gómez Leyva, Joaquín López-Dóriga, Carlos Loret de Mola, Víctor Trujillo —Brozo—, Pedro Ferriz De Con, Carmen Aristegui, Pepe Cárdenas y Azucena Uresti, entre otros.
No se trataba de un debate académico sobre sus posturas o su trabajo periodístico; el mecanismo era simple y más eficaz políticamente: erosionar su credibilidad frente al público.
La literatura sobre populismo contemporáneo describe este fenómeno con bastante precisión.
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