Crímenes de conciencia. ‘Pozoleros’, campos de exterminio, descuartizados, deuda del gobierno de Sheinbaum
En 2009, un hombre llamado Santiago Meza López fue detenido y confesó que había disuelto 300 cuerpos en ácido en varios predios en Tijuana, la ciudad fronteriza con EU, cuna del que fuera uno de los cárteles más poderosos del país, al mando de los hermanos Arellano Félix.
Lo bautizaron ‘El Pozolero’, en una macabra alusión a un guiso mexicano elaborado con carne y maíz que, en el argot criminal, se transformó en verbo: ‘pozolear’, es decir, disolver en ácido los restos de personas asesinadas.
Fue la primera vez que la sociedad mexicana conoció las nuevas y macabras técnicas que estaban usando los cárteles para concretar desapariciones masivas y tratar de borrar todo rastro de sus víctimas. Y no fue la última.
A principios de marzo, el colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco encontró un centro de exterminio en el Rancho Izaguirre, ubicado en Teuchitlán, Jalisco. Había restos humanos, fosas clandestinas, hornos no convencionales en los que, sospechan, el Cártel Jalisco Nueva Generación incineraba a sus víctimas.
También servía como «campo de entrenamiento», ya que los cárteles secuestran a hombres, en su mayoría jóvenes, para obligarlos, bajo tortura, a sumarse al crimen organizado como sicarios.
