Cambio de opinión
Nunca en la historia del México contemporáneo se había observado una obsesión y una sumisión al militarismo como la del régimen de la mal llamada “cuarta transformación”, que se dice de izquierda, “progresista” y “humanista”. Ni siquiera en el sexenio de Felipe Calderón, que sacó al ejército a las calles para legitimarse en el poder, se le concedieron a las fuerzas armadas las canonjías que han recibido durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, que les ha entregado una cantidad enorme de poder… y de dinero. Y no se lo ha dado a la tropa, a “los de abajo” –como le gusta expresarse al demagogo-, sino a las cúpulas militares, que antes se mantenían discretas, en un bajo perfil público y no se metían -al menos abiertamente- en política, y que hoy están desatadas ante la posibilidad real de que el lopezobradorismo termine de entregarles el país. La militarización total de las tareas de seguridad pública ha sido un deseo largamente mantenido por la clase castrense mexicana, mismo que intentó obtener de manera legal desde el sexenio de Enrique Peña Nieto, lo que no logró gracias al rechazo de la sociedad civil y de gran parte de quienes eran oposición entonces y que, hoy en el poder, quieren borrar con la cola lo que hicieron con el pico.
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