Cecilio GarcíaColumnistas

En Política… LAS MENTIRAS SE PREMIAN

Hay verdades que incomodan porque no envejecen. Permanecen, se reciclan, se disfrazan de novedad, pero en el fondo siguen siendo las mismas.

Mark Twain, escritor, orador y humorista estadounidense, con su ironía afilada, dejó una de esas verdades suspendidas en el tiempo: “la política como el único oficio donde la mentira no solo se tolera, sino que a veces se premia”.

No es una exageración. Es un diagnóstico.

Vivimos en una realidad donde prometer se ha vuelto un acto vacío, casi automático.

Se promete como quien respira: sin intención de cumplir, sin consecuencias por fallar.

La mentira no escandaliza; apenas sorprende. Y cuando lo hace, su efecto dura lo mismo que un ciclo de noticias: un día, quizá dos, antes de ser reemplazada por la siguiente indignación.

Lo verdaderamente inquietante no es que los políticos mientan. Eso, tristemente, es parte de la naturaleza humana amplificada por el poder.

Lo alarmante es la normalización. Hemos aceptado que engañar es parte del juego, que el discurso es teatro y que la ética es opcional.

Peor aún: hemos aprendido a convivir con ello sin exigir demasiado.

Se roba, y no pasa nada.  

Se incumple, y no pasa nada.  

Se contradicen frente a cámaras, y no pasa nada.

Al día siguiente, los mismos rostros aparecen sonrientes, seguros, con nuevos ofrecimientos bajo el brazo, como si la memoria colectiva fuera frágil o selectiva. Y en muchos casos, lo es.

Pero esta historia no tiene un solo protagonista. No se trata únicamente de quienes ocupan el poder, sino también de quienes lo otorgan.

Porque en esa rueda que gira una y otra vez —promesa, decepción, olvido, nueva promesa— hay una participación silenciosa pero constante: la nuestra.

Seguimos votando, sí.  

Seguimos creyendo, a veces.

Seguimos esperando, casi siempre.

Esperamos que el siguiente sea distinto, que ahora sí, que esta vez no nos fallen. Nos aferramos a la posibilidad del cambio como quien compra un boleto de lotería: con esperanza, aunque la estadística diga lo contrario.

Y así, la deshonestidad deja de ser una falla del sistema para convertirse en una de sus reglas no escritas.

 Tal vez la pregunta no es por qué mienten, sino por qué lo permitimos. Tal vez el contratiempo no radica únicamente en la política, sino en la tolerancia social hacia el engaño cuando viene envuelto en carisma, discurso o conveniencia.

Porque mientras el embuste siga siendo rentable y la verdad incómoda siga siendo castigada o ignorada, el ciclo continuará.

Y entonces, Twain dejará de parecer irónico… para volverse, simplemente, preciso.

Para Eric Arthur Blair, conocido por su seudónimo de George Orwell –novelista, periodista, ensayista y crítico británico nacido en la India—“el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen veraces”. Benditas comillas que convalidan y exhiben a políticos farsantes”.

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