LEALES Y TRAIDORES

La 4T trota fraccionada.

En Morena ya no hay unidad, hay bandos. Lo que alguna vez se presentó como un movimiento compacto, disciplinado y con rumbo definido, hoy es un campo minado de lealtades encontradas, silencios incómodos y traiciones disfrazadas de prudencia política.

Por un lado, está la facción que respalda —al menos en el discurso— a la presidenta Claudia Sheinbaum. Funcionarios, legisladores y operadores que entienden que el poder formal ya cambió de manos y que el país exige resultados, particularmente en materia de seguridad, gobernabilidad y Estado de Derecho. Saben que gobernar no es heredar consignas, sino asumir responsabilidades.

Del otro lado, permanece intacto el grupo fiel al expresidente Andrés Manuel López Obrador. No responden a Palacio Nacional, sino a Palenque. No siguen una agenda institucional, sino una devoción personal. Para ellos, el proyecto no terminó con el sexenio: sigue vivo en forma de obediencia ciega, favores pendientes y complicidades acumuladas.

Entre ambos bandos se libra una guerra soterrada. No hay declaraciones abiertas, pero sí bloqueos, filtraciones, sabotajes internos y una parálisis calculada.

Cada decisión relevante pasa primero por el filtro de “¿a quién beneficia?” antes de “¿le sirve al país?”.

El problema se agrava cuando la seguridad entra en escena. Combatir de verdad a los cárteles no es sólo una estrategia policial: es una declaración de guerra política. Implica tocar intereses, exhibir redes de protección y romper pactos inconfesables. Significa, en muchos casos, señalar a personajes incrustados dentro del propio movimiento.

Y ahí está el nudo del conflicto.

Porque luchar contra la delincuencia organizada es confrontar, directa o indirectamente, a figuras ligadas al poder local, a campañas financiadas en la sombra, a gobiernos tolerantes y a estructuras partidistas contaminadas. Es abrir expedientes que pueden salpicar a alcaldes, gobernadores, operadores y legisladores de Morena.

Por eso no se avanza.

No por falta de diagnósticos. No por carencia de recursos. No por ausencia de fuerzas armadas. Se frena porque tocar al narco es tocar al partido.

Porque desmontar al crimen implica tirar también una parte del andamiaje político que sostiene al régimen.

La presidenta camina sobre una cuerda floja. Si actúa con firmeza, rompe con el pasado. Si titubea, se vuelve rehén de él. Cada operativo fallido, cada región abandonada, cada cifra maquillada, refleja esa batalla interna no resuelta.

Mientras tanto, los ciudadanos pagan el precio. Viven entre extorsiones, balaceras, desplazamientos y miedo. Observan cómo el discurso oficial habla de transformación, pero la realidad sigue secuestrada por grupos criminales.

Morena enfrenta hoy su mayor dilema: elegir entre ser un partido de Estado o una cofradía de lealtades personales. Entre gobernar para México o proteger a los suyos. Entre la legalidad y la complicidad.

Porque en política, como en la historia, llega un momento en que ya no basta con decir que se es leal. Hay que demostrarlo.

Y hoy, en Morena, muchos ya eligieron de qué lado están.

Y lo sabe Sheinbaum y lo sabe también el dueño de La Chingada.

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