*¡Cuidado!, los veracruzanos queremos mesura
Buen día, apreciado lector:
El silencio que pesa.
Cerramos el año por primera vez (en la picardía veracruzana) ya no sin las acostumbradas bromas de “los santos inocentes” o las del viejo “muriéndose de risa”, no, ahora es con un aire extraño:
No es el silencio de las campanas ni el de las calles vacías, sino el que se instala cuando la palabra se siente vigilada. En Veracruz, como en otros rincones del país, la prensa enfrenta aprietos que no son nuevos, pero que hoy se sienten más cerca de casa.
Este reportero confiesa públicamente el miedo a que esto se pueda generalizar en asuntos más graves después de más de sesenta años de vivir con tranquilidad el periodismo veracruzano en sus diversas facetas y riesgos —alguna vez las molestias de los afectados por alguna información, las de los cacicazgos; ya de algunos políticos, o la normal, entonces, de los viajes en carretera o por mar y aire— por lo que se ve, ¿ahora resulta que escribir, a estas alturas, se vuelve un acto de riesgo?
¿Que la tecla puede convertirse en sombra sobre la familia? ¿que el sustento que llega a la mesa pueda quebrarse? Y sin embargo, callar sería renunciar a la memoria.
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