En llamas
La espiral de violencia que consume a México escaló a un nuevo nivel este fin de semana con el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo Rodríguez, quien fue ejecutado en público, durante un festival al que acudió una gran cantidad de personas en pleno centro de esa ciudad michoacana, sin que la supuesta escolta de 14 elementos de la Guardia Nacional que el gobierno federal dice que tenía asignados, hiciera nada para protegerlo.
La respuesta oficial fue la misma de siempre. Dijeran por ahí, de manual: atrincherada en la negación y en lugar de asumir con responsabilidad el más que evidente deterioro de la seguridad pública en todo el país, la presidenta Claudia Sheinbaum ha optado por descalificar toda crítica y colocarle el sambenito de “campaña de odio” o “uso político del dolor”. Algo debe saber de eso, pues ella, su mentor y su partido se especializaron en hacer eso mismo durante más de dos décadas.
Pero lo único cierto es que el país se le va de las manos. La realidad es que los cárteles del crimen organizado han tomado el control de regiones enteras en las que los alcaldes están bajo amenaza –porque no podría decirse que gobiernan-, y los ciudadanos viven entre el miedo y la desesperación.
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