La antesala sucesoria
Las elecciones de este domingo representan el punto de arranque de la sucesión presidencial de 2024, tanto por lo simbólico como por sus alcances en lo político. Los resultados de los comicios tanto en Coahuila como en el Estado de México no sorprenden. En realidad, ya se esperaba este desenlace, en el que Morena destronara al PRI en territorio mexiquense, mientras que el tricolor se quedaba el estado lagunero como premio de consolación y como un último salvavidas antes de su inevitable naufragio, para el que ya no falta mucho tiempo. De cara a la sucesión, hay un ánimo triunfalista en las huestes obradoristas, que al fin lograron apoderarse de la “joya de la corona”, el Estado de México, que es el corazón mismo del priismo, que hoy ha quedado reducido a una presencia regionalizada en la comarca lagunera (Coahuila y Durango), que en términos de recursos y volumen poblacional valen mucho menos que lo que perdieron este domingo. ¿Esto significa que la sucesión presidencial ya está decidida? Por supuesto que no. De un año a otro las circunstancias pueden cambiar. Pero lo cierto es que a día de hoy, no se ve cómo la oposición pueda hacerle frente a una aplanadora que basa su fuerza en el discurso populista, la política clientelar y, particularmente, los yerros de sus adversarios en los partidos opositores, que siguen sin entender que no pueden lograr resultados diferentes haciendo lo mismo de siempre.
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