LEALES Y TRAIDORES
La 4T trota fraccionada.
En Morena ya no hay unidad, hay bandos. Lo que alguna vez se presentó como un movimiento compacto, disciplinado y con rumbo definido, hoy es un campo minado de lealtades encontradas, silencios incómodos y traiciones disfrazadas de prudencia política.
Por un lado, está la facción que respalda —al menos en el discurso— a la presidenta Claudia Sheinbaum. Funcionarios, legisladores y operadores que entienden que el poder formal ya cambió de manos y que el país exige resultados, particularmente en materia de seguridad, gobernabilidad y Estado de Derecho. Saben que gobernar no es heredar consignas, sino asumir responsabilidades.
Del otro lado, permanece intacto el grupo fiel al expresidente Andrés Manuel López Obrador. No responden a Palacio Nacional, sino a Palenque. No siguen una agenda institucional, sino una devoción personal. Para ellos, el proyecto no terminó con el sexenio: sigue vivo en forma de obediencia ciega, favores pendientes y complicidades acumuladas.
Entre ambos bandos se libra una guerra soterrada. No hay declaraciones abiertas, pero sí bloqueos, filtraciones, sabotajes internos y una parálisis calculada.
Cada decisión relevante pasa primero por el filtro de “¿a quién beneficia?” antes de “¿le sirve al país?”.
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