TRUMP TIRANO: AMLO
Desde su relajante finca —esa cuyo nombre malsonante ha dado la vuelta al mundo, y se ha convertido en símbolo de exceso y ego— López Obrador reaparece con un mensaje que, más que político, parece confesional.
Califica la “operación Trump” como un acto de prepotencia y, sin sonrojo, llama al presidente estadounidense secuestrador y tirano.
Dice estar retirado, pero se expresa como quien no ha soltado el micrófono. Puntualiza también no gobernar, pero opina como quien aún cree mandar.
Uta, y por si quedaba duda, remata con un respaldo “incondicional” a su presidenta, Claudia Sheinbaum.
La escena no es nueva. El poder que se fue, pero no se resigna; la figura que dejó Palacio, pero no la tribuna.
El discurso está cargado de adjetivos y de una indignación selectiva. Llama prepotente a Donald Trump, pero omite que el despotismo suele incomodar más cuando viene de fuera y no cuando se ejerce desde dentro.
Lo tilda de secuestrador, mientras evade la conversación de fondo: ¿por qué tanta nerviosidad ante la posibilidad de que Washington endurezca su política contra los cárteles mexicanos?
La pregunta flota en el aire y nadie la formula en voz alta, pero muchos la piensan: ¿teme el caudillo del sur que Trump “ponga orden” donde durante años hubo tolerancia, omisiones o francos abrazos? ¿Le inquieta que, al apretar tuercas al crimen organizado, se exhiban las complicidades del grupo en el poder? Cuando el discurso se altera estridente, suele ser porque algo duele, o existe preocupación por exabruptos pasados.
No deja de ser revelador que quien se declara retirado se apresure a fijar postura internacional, a descalificar a líderes extranjeros poderosos y a blindar políticamente a su sucesora.
El apoyo incondicional no es un gesto de respaldo: es una advertencia. Es el recordatorio de que la sombra sigue ahí, encorvada pero vigilante.
¿Acaso teme también ser blanco de investigaciones en el opulento país vecino?
No sería la primera vez que el péndulo de la historia cruza fronteras.
La política exterior no se construye con adjetivos ni con arengas ofensivas disfrazadas de poder desde el retiro; se erigen con instituciones fuertes y con cuentas claras. Y eso, quizá, es lo que más inquieta.
Porque cuando un expresidente grita “tirano” hacia el norte, tal vez no esté hablando de Trump. Tal vez esté hablando de sus propios fantasmas. Y esos —a diferencia de los discursos— no se esconden en ninguna finca, por muy popular que sea su mote.
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